Un día cualquiera en un DIA cualquiera

“Sin salida”, dice una placa por encima de la puerta de un WC. Sobre la puerta del baño, en un papel, pone: “Averiado”. Al lado, y a modo de barrera, un cajero y una cajera cobran a la clientela. Sobre una caja, un cartel con una oferta: “Cuartos traseros de pollo, 2,50 euros el kilo”. Sobre la otra, el preciazo: “Cinco kilos de patatas, 2,29 euros”. Ambas cajas son rojas. Sobre ellas se puede leer una frase en color blanco: “Que tengas un buen DIA”. Sin tilde.

Es la entrada de un establecimiento del único supermercado que cotiza en el IBEX 35. Son las siete y cuarto de la tarde. Casco histórico de Sevilla. Entre ambas cajas, la cola no alcanza la decena de personas. El recinto estrecho, sin embargo, da sensación de amontonamiento. “Son 2,49 euros”, detalla la cajera a una chica que acaba de pasar. “Anda, pues déjame solo el pan, que no tengo suelto para pagar”, responde la chica. “Se puede pagar con tarjeta”, afirma la cajera. Justo arriba hay un cartel que dice lo contrario: “Compras con tarjeta a partir de 7 euros”.  “Pero eso era antes, ahora ya no”, corrige la trabajadora.

Tras las cajas, repletas de chucherías, nada más entrar, está la fruta y la verdura. A simple vista, no se echa en falta nada. Melones, sandías, aguacates, tomates… unas almendras con una excelente pinta. Enfrente, los plásticos con ensaladas ya preparadas y otras verduras. Y al lado de esa vitrina, unas puertas de emergencia. Junto a esas puertas, un extintor. Y debajo de ese extintor, un cubo con agua turbia y una fregona de felpa rosa sobre el escurridor. El suelo está seco. El cubo de fregona parece un objeto olvidado. 

“Perdona, ¿tú eres de aquí?”, le dice una señora al chico que al inicio estaba en la caja, con camiseta roja. Ahora está reponiendo una estantería junto a las conservas. “¿Y dónde están los fideos de DIA?”, pregunta la mujer, acompañada de otra mujer y un niño de unos dos años en un carrito. “Aquí”, responde el chico mientras señala bolsas de pasta. “No, no, yo digo los fideos de los chinos, como yo los llamo”, matiza. La otra mujer añade: “Es que la soja tampoco es DIA y la que hay es muy cara”. El cajero concluye que no hay. Las mujeres llevan en la cesta yogures, leche y una bandeja de carne hasta el momento. “Pues los miércoles dan fideos y de todo en el comedor social”, se suma una tercera mujer a la conversación. “Bueno, a ver si hay suerte”, responde la primera, sin ningún detalle más. 

En ese momento, un niño de unos ocho o nueve años se entretiene con un móvil sentado en una banqueta de la tienda. También roja. Una abuela se detiene con su nieta en el pasillo del chocolate. “¿No me conoces? Soy de Cajasol”, le dice otra mujer a la señora mayor. Cajasol es ahora Caixabank, también del IBEX. Sobre el suelo, varios lotes ahorro de Cola cao. Cinco kilos más uno de regalo. En la sección de patatas fritas también abundan las bolsas gigantes. Y en los pañales. El cajero coloca ahora un “superprecio” con el 50% de descuento en la fila de Dodots. Los aparatos antimosquitos también tienen “superprecio”. Y la leche Pascual. Y las empanadas de carne. Y las galletas Tostarrica. “Solo para socios. Si tienes la tarjeta del club DIA disfruta de estas ofertas”, avisa un cartel junto a la cerveza marca de la casa: 0,19 euros por lata si te llevas dos. La otra oferta “solo para socios” –¿y para socias?– es el paté de pato con apariencia gourmet también marca DIA: de 5,76 a 5,18 euros la lata. No hay nadie haciendo cola para llevarse una lata.

No hay mucha variedad de congelados. Los mariscos y los helados están en el mismo arcón, custodiado por una estantería baja, a modo de cajón de sastre: una batería de cocina por 49,99 euros, un secador de pelo por 15 euros, una cubertería básica de acero por 29,99 euros. El precio de esta última está escrito a boli sobre un post it, pegado a su vez con celo por los cuatro bordes. Parece de otra época. Las cajas y envoltorios de los demás productos irradian una apariencia antigua, vieja. En el techo hay fundida una barra de luz. Y justo al lado del arcón que guarda las merluzas, otro extintor. Sobre ese extintor, cuelga un bote multiusos azul, el líquido con el que generalmente se suele limpiar los cristales. Está medio lleno. Como el cubo de fregona, parece un objeto olvidado. 

Las dos mujeres y el niño continúan comprando. La cesta se convierte en un obstáculo impertinente para quienes parecen tener prisa. Es complicado caminar por los pasillos con una cesta si enfrente viene otra. No hay mucho espacio. Por la caja pasa ahora una chica joven con apenas tres productos entre las manos. Entra una señora mayor que no coge cesta. La chica abandona el establecimiento con la leyenda blanca sobre el fondo rojo: “Que tengas un buen DIA”. Sin tilde.

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