El lago artificial recibe aportación de agua de diferentes ríos. Foto: Toni Martínez.

Endesa en Galicia: una playa sobre la mina de carbón

El lago artificial recibe aportación de agua de diferentes ríos. Foto: Toni Martínez.

TONI MARTÍNEZ // Cuando el 31 de diciembre de 2007 se dejó de extraer carbón de la mina a cielo abierto de As Pontes, Endesa ya tenía en mente un plan. La empresa debía buscar una solución ante la obligación legal que tenía de rellenar el hueco que dejaba su actividad minera. “Llenémoslo de agua y hagamos un lago con una playa en el centro de Galicia”, debió pensar alguien en un despacho. Una solución rápida y relativamente barata para tapar un agujero de 806 hectáreas, con una profundidad superior a los 200 metros en algunas zonas.

Dicho y hecho. Durante cuatro años la empresa se dedicó a inundar el hueco de la mina. En total se necesitaron 547 hectómetros cúbicos de agua, más o menos lo que corresponde al consumo medio anual de 11 millones de españoles. El agua salió principalmente del río Eume, que aportó el 63% del caudal, y de varios arroyos y ríos como Illade y Meidelo.

Finalmente, en mayo de 2012, el presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijoo (PP), acompañado del máximo responsable de Endesa, Borja Prado, inauguró el lago. Durante el acto, los técnicos de la compañía energética aseguraron que el lago tendría olas de dos metros y una temperatura idónea para el baño de 25 grados centígrados. En agosto de ese mismo año, tras volcar 90.000 toneladas de arena en la orilla, se daba por inaugurada la playa en un acto presidido por Valentín González (PSOE), actual alcalde de As Pontes y presidente de la Diputación de A Coruña. El político proclamaba que a partir de ese día, el municipio se iba a colocar como uno de “los primeros destinos ambientales del país”.

Hoy, cinco años después, la realidad se aleja de aquella visión idílica. Es pleno mes de agosto. El pueblo ha amanecido con sol y una agradable temperatura de 24 grados. Sin embargo, a las 12.00 horas la playa está vacía. Solo unos pocos hacen prácticas con sus remos en piraguas y en el chiringuito dos personas beben un refresco. Nadie más. Mientras tanto, las costas gallegas cuelgan sus carteles de completo en la mejor temporada turística que se recuerda.

“A mí no se me ocurriría bañarme allí, a saber qué me pasa”, explica enigmática una vecina ante un corrillo de amigos. “¿Por qué?”. “No sé, no me fío”. Pese a ello, en la arena de la playa artificial, un cartel explica que las aguas reciben la clasificación de “Excelente”. “Es la mayor calidad posible”, apunta a través del correo electrónico Ramón José Valle García, responsable de Medio Ambiente de Endesa en As Pontes. El experto, sin embargo, no aclara dónde se han realizado esas mediciones ni si se hacen de manera periódica. “El lago es de dominio público hidráulico por lo que le corresponde a la Administración el control físico-químico y microbiológico en función de la legislación vigente”, aclara.

Los pequeños grupos ecologistas que se atreven a cuestionar el lago artificial inciden en que el mal inicial se produjo con la mina a cielo abierto y que esto únicamente es un parche. Sobre la calidad de las aguas, alertan de su carácter sulfuroso propio del terreno, algo que Endesa insiste en que solucionó con una gruesa capa de arcilla para evitar filtraciones.

Riesgo de tsunami

En todo caso, la mayor alerta ecologista viene por lo que el director del Instituto Universitario de Geología de la Universidad de A Coruña, Xoán Ramón Vidal Romaní, calificó como “una bomba de tiempo de la que no sabemos cuándo va a estallar ni sus consecuencias”. El lago artificial se sitúa sobre una falla activa. A su juicio, la inmensa cantidad de agua inyectada junto a la falta de resistencia geológica, podría provocar un tsunami a escala local de impredecibles consecuencias. Junto al lago, como cruel metáfora, el Ayuntamiento ha señalizado lo que denomina como “Paseo de la Memoria”, en recuerdo de los habitantes de las parroquias y aldeas que fueron expropiadas por Endesa y que han visto cómo sus tierras han acabado convertidas en una enorme balsa de agua. Eso sí, el paseo está patrocinado por Endesa.

Rastros de la mina de carbón sin desmantelar. Foto: Toni Martínez.

El final del imperio de Endesa en Galicia

Rastros de la mina de carbón sin desmantelar. Foto: Toni Martínez.

TONI MARTÍNEZ // Dos ñandúes salen al paso de los caminantes que pasean por la estrecha acera situada cerca de las macro instalaciones que Endesa posee en As Pontes de García Rodríguez, un municipio en la frontera que separa A Coruña y Lugo. Junto a estos dos exóticos animales hay también gallinas, avestruces, un pavo real y varios ciervos, todos ellos a escasos metros de cuatro gruesas chimeneas que no dejan de echar vapor de agua, y otra mucho más fina y alta que expulsa humo producto de la quema de carbón. Con este pequeño zoo, que mengua año tras año, Endesa quiso demostrar a principios de la década de los 80 que era posible la convivencia feliz entre los seres vivos y su producción de energía.

La multinacional posee en la villa coruñesa una central térmica, una hidroeléctrica, un parque de carbón, dos presas y una amplia extensión de terreno que incluye un lago artificial creado en la antigua mina. La central y la mina asociada a ella han sido las infraestructuras más contaminantes del Estado español en los últimos años. La bonanza económica que vivía la zona tapaba cualquier denuncia de contaminación. Luis [no quiere que su nombre verdadero aparezca publicado en el reportaje] pertenecía a un pequeño grupo ecologista y asegura que la contaminación se notaba en las aldeas cercanas. “El polvo que flotaba en la atmósfera quemaba las cosechas; caía en una col y estaba perdida”, apunta. “Además –continúa– destrozaron muchas mámoas [dólmenes funerarios] de una riqueza patrimonial muy importante”. Luis señala a las presiones de Endesa y al carácter gallego la falta de presión social sobre la central, incluso ahora, cuando asegura que toda la contaminación que todavía produce la central acaba en el río y llega a Pontedeume, un municipio cercano.

Una frase explica muy bien el porqué de este desinterés. Siempre que se habla con un vecino acaba soltando un mantra que ha triunfado: “Dicen que la contaminación llega más a los ingleses que a los de aquí”. Aun así, obligada por las directivas comunitarias sobre contaminación, Endesa tuvo que cerrar su mina a cielo abierto a finales de 2007 y adaptar su chimenea a un tipo de carbón menos contaminante y que ahora mismo se importa desde Indonesia y EEUU a través del puerto de A Coruña.

Desde hace una década, diferentes organizaciones internacionales vienen alertando de los problemas que, pese a esos procesos de adaptación, todavía ocasiona la central térmica de Endesa en As Pontes. Por ejemplo, un informe realizado en 2008 por la consultora inglesa EMRC advertía de que se trataba del mayor foco emisor de toda Europa que más daños provoca a la salud debido a las altas emisiones de dióxido de azufre y de óxidos de nitrógeno. En 2013, la organización ecologista SOMO (Centre for Research on Multinational Corporations) publicó un informe en el que aseguraba que la continuidad de Enel-Endesa en As Pontes es responsable de 54 muertes prematuras al año, con un coste estimado en salud de 292.831.796 euros. Año tras año, la central térmica encabeza el ranking como la empresa más contaminante de España, según los datos hechos públicos por la Comisión Europea, al emitir 6,9 millones de toneladas de CO2 al año.

Pero esas cifras parecen tener los días contados. Desde 2005 se intuye el cierre de la instalación, algo que se teme en el municipio coruñés. “Si se va Endesa no hay alternativa”, se lamenta el profesor jubilado José María López, una opinión que comparten la mayoría de los vecinos. Xose M. Ribeira, jubilado de Endesa y ahora en la formación Xuntos por As Pontes, incide en que “no ha habido una transformación política para hacer frente a ese cierre” por lo que, a su juicio, tendría graves consecuencias.

A la espera de que llegue ese momento, Enel-Endesa ya ha ido dando sus primeros pasos. En 2005 empezó a utilizar solo carbón de importación, por lo que dos años después cerró su mina. En 2007, vendió varios equipos a la empresa polaca Kopalnia Wegla Brunatrego. En abril de 2012 acabó el proceso de recuperación del antiguo agujero que dejó la actividad minera. Ahora la empresa energética ya ha anunciado el cierre de su central térmica en Andorra (Teruel) para el año 2020 y detrás podría ir la de Compostilla, en León.

Lo cierto es que nadie en As Pontes habla mal de Endesa. Al menos nunca en público, y si lo hacen en privado dejan muy claro que no quieren que su nombre aparezca vinculado a ninguna crítica a la empresa. Ni siquiera hay un grupo ecologista en activo en un pueblo con una superficie de 249,37 km cuadrados, el más extenso de la provincia. La mayor parte del término municipal, excepto la ocupada por Endesa, son bosques y caminos rurales. Tampoco los partidos políticos cuestionan la central. Un parque inaugurado por el alcalde del Bloque Nacionalista Galego (BNG) que gobernó tres legislaturas (1995-1997 y 1999-2007) y el presidente de Endesa muestra la buena sintonía entre empresa y poder político.

Ribeira lo explica sin ambages. “Los alcaldes nunca le plantaron cara a la central”, afirma. Y critica que el dinero que dejó Endesa en las arcas municipales “se usó para hacer obras y no para pensar en el futuro creando un tejido industrial”. Ribeira reparte culpas entre todas las formaciones políticas: “Nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato. El pueblo vive de la central, pero cuando se vaya…”. Ribeira fue dirigente del sindicato CIG (Confederación Intersindical Galega), mayoritario en Endesa. Sobre aquella época pone en valor la lucha sindical. “Hubo 29 muertes en el montaje de la central e hicimos huelgas muy fuertes”, recuerda. Como anécdota relata una situación vivida “poco antes de morir Franco”, cuando “llegó un inspector de trabajo para impedir una huelga, era Paco Vázquez”, quien después sería alcalde de A Coruña y destacado dirigente socialista.

Los trabajadores de la entonces empresa pública tienen varios derechos adquiridos durante años. Entre ellos, destaca que ninguna de las familias que allí trabajaban pagan la luz y que sus hijos tenían los estudios universitarios pagados. Además, se creó una “caja de previsión social de los trabajadores de la Empresa Nacional de Electricidad S.A.” en octubre de 1985, que nació con 18 millones de pesetas de subvención inicial y una aportación anual por cada empleado fijo. Esta situación hizo que muchos de ellos se jubilasen y prejubilasen, con un fondo de pensiones con el que complementan la paga que reciben de la Seguridad Social y que muchos usaron para irse del municipio. Porque As Pontes creció al calor del negocio energético, aunque desde la última década está perdiendo fuelle y vive pendiente de lo que decidan los propietarios italianos sobre su futuro.

Zona de almacenamiento del carbón con la central térmica al fondo. Foto: Toni Martínez.
Zona de almacenamiento del carbón con la central térmica al fondo. Foto: Toni Martínez.

La evolución desde 1976

Endesa llegó a la localidad en 1976, tras la decisión en febrero de 1972 de traspasarle el patrimonio mineroeléctrico que la Empresa Nacional Calvo Sotelo (ENCASO) poseía en esa población. Durante 31 años explotó el mineral de la mina a cielo abierto. A lo largo de esos años, el típico paisaje gallego de bosques y prados se vio modificado por la central termoeléctrica de carbón con cuatro grupos de 350 MW cada uno y una chimenea de 356 metros. Junto a ellos, una mina a cielo abierto que ocupaba siete kilómetros de largo y entre uno y tres kilómetros de ancho, y un parque de carbón para almacenar este combustible, con una superficie de 10 hectáreas y una capacidad de almacenamiento de 250.000 toneladas. Estas cifras llevaron al entonces ministro de Economía, Carlos Solchaga, a definirla como una de “las joyas de la corona” junto a empresas como Repsol, Iberia y Renfe. Todas ellas fueron privatizadas.

As Pontes de García Rodríguez tenía en 1970 un total de 7.916 habitantes. Una década después, la población creció casi un 40%, una situación que se mantuvo con ligeros altibajos hasta el cierre de la mina. Desde entonces, la población va en claro descenso. En 2016 cuenta, según el Instituto Nacional de Estadística, con 10.399 habitantes: 5.308 son mujeres y 5.091 son hombres. En 1990 había 13.717 personas empadronadas en el municipio: 6.994 hombres y 6.723 mujeres.

Para poner en marcha la emergente industria eléctrica se promocionó un crecimiento demográfico sin precedentes en la zona. En un folleto de 1984, Endesa definía a los habitantes de As Pontes como “tradicionalmente agricultores y ganaderos sembrados aquí y allá por los caseríos o afincados en el casco urbano” que, gracias a la central, “tienen hoy hábitos de una ciudad industrial con ambiente en sus calles, mercados, lugares de esparcimiento”.

Con el objetivo de hacer frente a la llegada de nueva mano de obra, Endesa proyectó la construcción de cuatro poblados donde ubicar a sus trabajadores. Los primeros fueron el de A Magdalena y el de la Fraga, ambos en 1974. Un año después llegó el de O Muiño, con 48 viviendas para acoger a ingenieros y peritos. El círculo se cerró con la construcción del poblado de Barreiro que, unido al de la empresa de fertilizantes Enfersa que absorbió Endesa, sumaron 948 viviendas. En los mejores años la central llegó a tener una plantilla de cerca de 2.500 personas. Hoy son poco más de 155 los trabajadores directos. El paso de los años se nota en las viviendas y su entorno. El lateral del poblado de Barreiro aún está cercado por una especie de naves industriales que hacen las veces de almacén o garaje. Alrededor, las plazas de aparcamiento de las calles aledañas están vacías. Parece un barrio fantasma. La despoblación es tal que la Xunta de Galicia ha anunciado el cierre de uno de los cuatro centros educativos de la población, el Monte Caxado, que llegó a tener hasta tres clases por curso en los años 80 y 90.

José María López, profesor jubilado de ese colegio, rememora también aquella época de bonanza. “Aumentó el nivel de vida, y es algo que notaron los que no trabajaban en Endesa, que vieron cómo se dispararon los precios, los pisos y la alimentación; mientras algunos se cambiaban el coche cada 4 o 5 años”, señala. Pero también habla de aquellas familias que fueron expropiadas y que debieron abandonar sus actividades tradicionales agrícolas y ganaderas para acabar en un piso. “Nunca se adaptaron”, sentencia.

En el centro del pueblo, un local recuerda la importancia de los extrabajadores de la central. En un bajo comercial se encuentra la Asociación de Prejubilados de Endesa As Pontes. La organización explica que “en la prejubilación aplicada de 2005 a 2012 se marcharon 1.500 trabajadores, en un proceso pactado por empresa, sindicatos y Gobierno, con subvenciones europeas”. Unos años antes, con el cierre de la mina, ya habían sido prejubiladas 500 personas. Muchas de ellas se volvieron a sus lugares de origen y otras abandonaron el pueblo al comprarse una casa con el dinero que recibieron.

Dudas sobre el futuro de la central

En Europa hay 280 centrales térmicas que representan el 39% del total de las emisiones de gases contaminantes. Por ese motivo, la UE publicó a principios de agosto la nueva normativa que limita este tipo de emisiones. De hecho, la central de As Pontes ya se comprometió en 2010 a reducir un 75% sus emisiones de dióxido de azufre hasta 2020, un 50% las de óxido de nitrógeno y un 80% el lanzamiento de partículas a la atmósfera, para lo que ha anunciado ahora una inversión de 218 millones de euros. La nueva normativa, publicada el pasado 17 de agosto, es más restrictiva y según la European Climate Foundation tendrá un coste añadido para las plantas españolas de 1.119 millones.

Para Ecologistas en Acción la mayoría de las centrales no podrá hacer frente a esa inversión y deberán cerrar. Si llega ese momento, será el adiós definitivo de Endesa a As Pontes de García Rodríguez. Falta por conocer qué sucederá con las miles de hectáreas que la empresa aún tiene en el entorno del municipio, extensas zonas de terreno que están valladas. Por ahora no hay ningún plan B para cuando llegue ese momento. El agua cubrió el agujero de la antigua mina, pero no hay previsto ningún río para llenar el vacío que dejará Endesa en Galicia tras explotar sus recursos naturales durante cuatro décadas.

Fracking a la desesperada para extraer las últimas gotas

Extracto de Adiós, petróleo (Alianza Editorial), de Jorge Morales de Labra.

Tras constatar el progresivo agotamiento de las reservas subterráneas de hidrocarburos, lo primero que hicieron los ingenieros fue desarrollar técnicas que permitieran adentrarse en el mar para perforar también el lecho marino. Ya hemos visto las devastadoras consecuencias que tiene un «imprevisto» de ingeniería en una plataforma situada en alta mar y el tiempo que lleva solucionarlo, si es que alguna vez se consigue del todo. Eso sin contar con el impacto en la fauna de la región, incluso en ausencia de accidentes. Por ejemplo, es conocido el daño que tienen sobre los cetáceos las ondas generadas por las perforaciones de pozos en alta mar.

La innovación, sin embargo, no quedó ahí. Sabiendo que algunas formaciones rocosas contenían pequeñas cantidades de hidrocarburos en su interior que, por razones de estructura geológica del subsuelo no habían llegado a constituir grandes bolsas pero permanecían atrapadas en el mismo, se lanzaron a desarrollar las técnicas de fractura hidráulica, más conocidas como fracking (término derivado del inglés, «hydraulic fracturing»).

Hay quien define estas técnicas, con razón a mi juicio, como actuaciones a la desesperada para extraer del subsuelo las últimas gotas de petróleo.

La técnica consiste esencialmente en una perforación vertical, no muy diferente a la de los pozos convencionales, que llega hasta 2 kilómetros de profundidad15, seguida por sucesivas etapas de perforación horizontal, típicamente de 1-1,5 kilómetros de longitud, que van fracturando la roca y forzando a que se expulsen los hidrocarburos que contiene en las capas de su interior. Para hacernos una idea del mecanismo, podemos imaginar una esponja empapada en agua. Si no pudiéramos estrujarla, podríamos extraer el agua rompiendo su estructura interior hasta que acabara cayendo por gravedad. Como el mecanismo es tan agresivo y el recurso tan escaso, normalmente en cada pozo se recupera tanto gas natural como hidrocarburos líquidos, en proporciones variables según se va agotando el pozo.

La ausencia de grandes acumulaciones de hidrocarburos obliga a repetir la operación muchas veces, por lo que normalmente se construye una gran plataforma de más de 10.000 m2 desde la que se perforan seis u ocho pozos muy próximos entre sí, sólo a unos pocos metros de distancia. Posteriormente se van construyendo más y más plataformas a unos centenares de metros de distancia, dando lugar a las famosas imágenes de «queso gruyère» en las que queda convertido el terreno tras la llegada de las máquinas. En las zonas de Estados Unidos donde se realizan perforaciones, se supe-ran de media las tres plataformas por km2.

La fractura hidráulica se viene utilizando para incrementar la eficiencia en pozos convencionales desde los años cincuenta del pasado siglo; pero no ha sido hasta principios del actual cuando se ha desarrollado comercialmente para permitir su explotación masi va. Su crecimiento ha sido vertiginoso desde el año 2007, principalmente en Estados Unidos, lo que ha llevado al país a recuperar cifras de extracción de petróleo y gas inimaginables unos años antes y a prever su regreso a la autosuficiencia energética, en poco tiempo. No obstante, el mantenimiento de los niveles de producción récord alcanzados en 2014 requiere la perforación de miles de pozos cada año, dado que, a diferencia de las perforaciones convencionales, las de fracking se agotan muy rápidamente, con caídas típicas del 70 por ciento en la producción tras el primer año de explotación y que superan el 80 por ciento a partir del quinto año. Además, el coste de la técnica es normalmente superior al de las explotaciones convencionales, lo que explica su gran auge hasta mediados de 2014 y, a su vez, su profundo declive desde entonces, coincidiendo con el desplome de los precios internacionales del petróleo.

Para conseguir fracturar la roca se utiliza un fluido, compuesto principalmente de agua y arena, que se inyecta a altísimas presiones (entre 350 y 700 veces la presión atmosférica). La arena es necesaria para mantener abiertas las grietas en el proceso de extracción del petróleo o gas. Pero la mayor polémica en cuanto a la composición del fluido se debe a que, además de agua y arena, en torno a un 2 por ciento del mismo está compuesto de aditivos químicos cuya composición no se desvela por estar protegida por secreto comercial de cada compañía perforadora y que ha sido frecuentemente denunciada por colectivos ecologistas debido a estudios que avalan la existencia de sustancias cancerígenas.

Varias veces he constatado que los defensores de la técnica utilizan el bajo porcentaje de aditivos para justificar su inocuidad. Nada más lejos de la realidad. Las cantidades de agua son enormes y, en consecuencia, un 2 por ciento de las mismas también es una cantidad considerable. Por ejemplo, para perforar una plataforma de seis pozos se necesitan entre 54 y 174 millones de litros de agua, lo que supone entre 1.000 y 3.500 toneladas de aditivos químicos.

El problema, además, es que el fluido no circula en circuito cerrado, sino que sólo se recupera una parte del volumen inyectado, por lo que el resto queda en el subsuelo y reacciona químicamente con las sustancias allí presentes con consecuencias imprevisibles. El proceso está tan poco controlado que la variabilidad entre los porcentajes de fluido recuperado es altísima: la Agencia de Protección Ambiental estadounidense calcula que entre el 15 y el 80 por ciento del volumen inyectado es recuperado. Este fluido de retorno, aunque sólo suponga una pequeña parte del inyectado, es, además, uno de los principales riesgos medioambientales de la técnica. Los millones de toneladas de agua contaminada extraída por pozo no son nada fáciles de reciclar, por lo que suelen almacenarse en balsas, bien a la intemperie, con la consiguiente contaminación del aire y riesgo de vertidos por causa de las lluvias, bien en el subsuelo. El servicio geológico estadounidense ya ha advertido que la reinyección de fluido de retorno del fracking en el subsuelo tiene relación con el aumento de terremotos en la zona. Oklahoma, por ejemplo, ha pasado de una media de tres seísmos al año de magnitud Richter superior a 3 (perceptibles por la mayor parte de la población) a más de 900 en tan sólo cinco años, coincidiendo con la perforación de los pozos, lo que la ha llevado a liderar16 además la nefasta clasificación de estados con mayor número de movimientos sísmicos, superando incluso a California, bien conocida por la presencia de la falla de San Andrés, que la atraviesa.

Con respecto a los impactos medioambientales, además del visual y del relativo al fluido de retorno ya comentados, hay bastante desconocimiento aún de los efectos a corto y medio plazo que pue de ocasionar esta técnica. El documental Gasland17 se focalizó en la contaminación de acuíferos derivada del fracking, incluyendo impactantes imágenes de casas en las que la concentración de metano en el agua era tan alta que el mero acercamiento de un mechero encendido a la boca de un grifo lograba producir que prendiera una gran llamarada, como una bola de fuego.

Mención aparte requieren las fugas de metano, principal componente del gas natural, que inevitablemente se filtra a través del subsuelo y que no se puede capturar en su totalidad. La medición de las mismas es técnicamente imposible, salvo que se cubrieran vastas extensiones de terreno con gasómetros. Su impacto no es baladí: una tonelada de metano tiene 25 veces más poder de efecto invernadero (capacidad de absorber calor) que una de CO2 durante un periodo de cien años.

No es de extrañar, por tanto, que en las críticas de las asociaciones ecologistas al fracking también se incluya el absoluto desconocimiento que se tiene sobre las fugas de metano en el proceso de perforación, sobre todo sabiendo que gran parte del fluido de retorno queda en el subsuelo y que el gas podría filtrarse hasta llegar a la atmósfera, con lo que la técnica sería mucho más contaminan te que la extracción de petróleo en un pozo convencional.

Hasta el momento son pocos los casos en los que se ha acreditado la relación entre el fracking y la contaminación del agua de la zona y normalmente estos casos se han producido cuando la técnica de perforación era deficiente. En la actualidad —algo que no sucedía en el pasado— se suele exigir cubrir el tramo superior de la perforación, el que podría estar en contacto con acuíferos subterráneos, ubicados habitualmente a menos de 100 metros de profundidad, muy por encima de la roca perforada, con tuberías superficiales de revestimiento que impiden el contacto con el agua de los fluidos empleados en la fractura. No obstante, nuevamente nos encontramos con un lamentable procedimiento de prueba y error, en donde la Administración sólo reacciona imponiendo requisitos más exigentes cuando se registran accidentes. De nuevo, en estos casos los seguros de responsabilidad civil exigidos a las compañías perforadoras son manifiestamente insuficientes para hacer frente a los daños ocasionados.

A diferencia de Estados Unidos, el desarrollo del fracking en Europa es muy incipiente. Tres hechos son fundamentales para entenderlo: en Estados Unidos el subsuelo es también propiedad del dueño del terreno, mientras que en Europa es de titularidad pública, razón por la cual a las compañías interesadas en su explotación no les basta con pagar grandes cantidades de dinero a los propietarios del terreno afectado, sino que tienen que lidiar, además, con los Gobiernos, que, a su vez, son sensibles a las presiones sociales que reciben; hay mucho mayor desconocimiento geológico del subsuelo europeo que del estadounidense, por lo que el riesgo de encontrar una buena ubicación es mucho mayor; y existe una mucha mayor concienciación medioambiental en Europa, especialmente en el norte, que en Estados Unidos.

En todo caso, pase lo que pase con el fracking en Europa, no parece que los recursos asociados al mismo vayan a mitigar el problema de la escasez de hidrocarburos, mucho menos el del cambio climático. En el mejor de los casos cabe esperar que esta técnica «revolucionaria» afecte a los precios del gas y del petróleo durante unas decenas de años y prolongue el pico de producción durante otros tantos.

*Texto extraído del libro Adiós, petróleo (Alianza Editorial), del experto en energía Jorge Morales de Labra.