Pozo de gas en Dakota del Norte, Estados Unidos. Foto: Tim Evanson.Pozo de gas en Dakota del Norte, Estados Unidos. Foto: Tim Evanson.

¿Qué tiene de natural el gas natural?

Alfons Pérez (ODG) // Los discursos y la retórica oficial repiten constantemente que el gas natural es el combustible de transición, el amigo climático por sus bajas emisiones en la combustión y el compañero inseparable de las energías renovables porque puede cubrir sus intermitencias en la generación eléctrica.

Esta afirmación puede resultar altamente controvertida si se toman en cuenta, por ejemplo, las emisiones de metano desde la extracción hasta el consumo, el desplazamiento de las inversiones en renovables y eficiencia energética en favor de las infraestructuras gasísticas o la presión que ejercen los lobbies del gas en las organizaciones de renovables europeas para que moldeen su discurso en favor del “hidrocarburo limpio”.

Instituciones como la Comisión Europea, la Agencia Internacional de la Energía o el Banco Europeo de Inversiones, promueven el gas escondiendo tras él numerosos intereses geopolíticos, económicos y financieros que condicionan y conducen la política energética mundial y europea.

Con todo ello, y sin dejar atrás el consumo del carbón y del petróleo, el gas natural va escalando posiciones y ganando importancia en el escenario energético mundial, un escenario que en esta última década se ha revelado tremendamente cambiante.

Por lo que se refiere al gas, se han producido diversos episodios que han dibujado, sin duda, un nuevo mapa de relaciones gasísticas en el mundo. La caída en el consumo por la crisis financiera de 2007-08; las llamadas primaveras árabes en países con grandes reservas como Egipto, Libia, Túnez, Yemen y Siria (2010-13); el accidente de Fukushima (2011), que convirtió a Japón en el máximo importador mundial de GNL (gas natural licuado); el conflicto por los precios del gas entre la Federación Rusa y Ucrania (2006, 2009), y la guerra civil inducida en Ucrania (2014), siendo este el país más importante de tránsito de gas hacia Europa; el levantamiento de las sanciones a Irán (2016), que se proyecta como un gran exportador; el vertiginoso descenso del precio del petróleo (2014), que tiene una relación directa con el precio del gas; y el llamado boom del fracking en EEUU (2007) bajo el que se proclama la independencia energética y se posiciona a los Estados Unidos como país exportador, son algunos de los ejemplos más relevantes.

En este contexto, la Unión Europea ha acelerado la maquinaria de la seguridad energética adoptando una estrategia llamada Unión de la Energía, un envoltorio lleno de buenas palabras e intenciones que en la práctica se está traduciendo en una ofensiva para asegurar el suministro de gas natural y disminuir la dependencia del gas ruso. Todo bien acompañado de una fuerte diplomacia energética y del apoyo financiero de bancos públicos como el Banco Europeo de Inversiones (BEI), el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (BERD) y otros fondos ad hoc, que ofrecen todo tipo de facilidades y garantías para la construcción de grandes infraestructuras gasísticas.

El Estado español, por su parte, sufrió un aumento acelerado en la construcción de centrales de ciclo combinado a partir de 2002, convirtiendo al gas en la segunda fuente primaria de energía. Por otro lado, la Península Ibérica pasa a ser territorio estratégico para el tránsito de gas tanto por su cercanía geográfica con el norte de África como por las infraestructuras de importación que posee.

Dicho esto, entonces, el presente documento tiene la intención de poner encima de la mesa las mayores controversias y los objetivos ocultos de la apuesta por el gas, haciendo visibles los intereses geopolíticos, económico-financieros, el papel de los lobbies y el significado del discurso utilizado por las instituciones promotoras.

¿Qué tiene de natural el gas natural?

El gas natural es una mezcla de hidrocarburos gaseosos ligeros que se puede extraer en yacimientos propios o asociado a otros hidrocarburos. Su principal componente es el gas metano (90-95%) aunque también contiene etano, propano, butano, nitrógeno y dióxido de carbono en pequeños porcentajes.

El hecho que llamemos gas natural a una composición de gases que esencialmente son metano invisibiliza, por ejemplo, el hecho de que el metano tiene un potencial de calentamiento global 86 veces mayor que el CO2 en los 20 primeros años de permanencia en la atmósfera. Por lo tanto, tendremos que tratar con especial rigor la distinción entre la combustión del gas natural, que tiene el índice de emisiones más bajo de los combustibles fósiles, y las pérdidas en las operaciones previas a la combustión, donde se libera el potencial de efecto invernadero del metano.

emisiones por combustible

Numerosas organizaciones críticas con la apuesta global por el gas natural lo llaman “gas fósil” porque consideran que llamarlo “natural” enmascara los riesgos ambientales y climáticos asociados a su uso. En EE.UU., por ejemplo, las organizaciones y las comunidades que se oponen a la extracción de gas natural por técnicas no convencionales, el llamado fracking, categorizan este gas como “fracked gas”, es decir, gas de fracking.

La cadena de suministro del gas natural es relativamente sencilla: desde los pozos de extracción el gas se vehicula a la planta de tratamiento y luego pasa a una planta de compresión que aumenta su presión para bombearlo hasta el lugar de consumo a través de un gasoducto. Para grandes distancias o si se carece de la red necesaria de gasoductos, se transporta a una planta de licuefacción reduciendo su volumen en 600 veces. Los metaneros realizan el tránsito marítimo de gas en fase líquida hasta las plantas de regasificación, que lo devuelven a estado gaseoso. A partir de aquí, este circula por gasoductos hasta la planta de compresión y de ahí a los consumidores. El gas también se puede almacenar para su posterior consumo.

El metano se encuentra en condiciones de presión tanto en el subsuelo como en las infraestructuras que lo contienen, por lo que escapa en todas las etapas de la cadena de suministro. El riesgo de fuga de metano es especialmente crítico durante la etapa de extracción, y las operaciones de licuefacción y regasificación, pero recientes investigaciones han hallado fugas significativas incluso en etapas de la preproducción que se asumían bajas en emisiones, como la propia perforación del pozo.

Robert Howarth, científico estadounidense referente mundial en el estudio del metano, compara en el artículo Natural gas: Should fracking stop? (Howarth, Ingraffea, & Engelder, 2011) las emisiones en la combustión de gas, sumándole las pérdidas de metano en las diferentes etapas hasta su consumo y concluye que, en casi en todos los casos, estas son mayores en relación a los otros combustibles fósiles.

Este artículo es un fragmento del informe ‘La apuesta por el gas natural: una lectura crítica de sus implicaciones para Europa y para España’, realizado por Alfons Pérez.

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